
La segunda noche de la Fiesta de la Longaniza dejó probablemente algunas de las mejores imágenes que ha entregado el evento en los últimos años.
Una Plaza de Armas llena, un escenario de primer nivel, artistas conocidos y una transmisión en horario estelar por la señal abierta de TVN que permitió mostrar Chillán a todo el país. Es, sin duda, un salto importante para una fiesta que hace rato dejó de ser solamente una actividad gastronómica local y que hoy se instaló como uno de los grandes eventos del invierno en Chile.
Pero justamente por eso vale la pena mirar lo que ocurrió con algo más de distancia. La televisión le entrega a la Fiesta de la Longaniza una vitrina que difícilmente podría conseguir de otra manera, pero también puede comenzar a cambiarla. Y la segunda noche dejó algunas señales de un riesgo que, si el evento sigue creciendo, será necesario observar: que la fiesta termine siendo pensada primero como un programa de televisión y después como una fiesta de Chillán.
La parrilla del sábado era impresionante en el papel y estaba construida con una lógica bastante evidente. Música, humor y un cierre internacional con La Mosca, probablemente el número más seguro de toda la noche. El grupo argentino funcionó exactamente como se esperaba.
Tiene canciones conocidas transversalmente, un repertorio que buena parte de la plaza puede cantar sin ser necesariamente seguidora de la banda y una puesta en escena que resulta perfecta para un evento masivo. Ahí la televisión y el público se encontraron. La plaza cantó, bailó y entregó las imágenes que cualquier director de televisión quisiera tener en una transmisión de estas características.
Algo bastante distinto ocurrió con Mauricio Palma. No se puede decir que haya sido un fracaso, porque tuvo momentos de respuesta y sectores del público que siguieron su rutina, pero fue evidente que la conexión fue bastante más irregular.
Hubo pasajes largos donde las risas no aparecieron con la fuerza esperada para un humorista ubicado en uno de los bloques centrales de la noche y, tratándose de humor, aquello queda mucho más expuesto que en una presentación musical. Incluso TVN fue cuidadoso al momento de publicar posteriormente su actuación y llegó a plantear la pregunta de si había conseguido convencer al público.
Probablemente el problema no es Mauricio Palma. Tiene experiencia, oficio y una propuesta que ya ha funcionado en otros escenarios. La pregunta es otra: ¿era Mauricio Palma el humorista para el público que estaba esa noche en la Plaza de Armas de Chillán? Y esa misma pregunta se puede ampliar a una parrilla que tiene buenos nombres, que se ve importante cuando se publica y que sin duda permite construir un programa atractivo para la televisión nacional, pero que no siempre parece pensada desde los gustos o la identidad de la ciudad donde se realiza.
Hay una reflexión de Sergio Riesenberg que viene especialmente al caso. Riesenberg dirigió el Festival de Viña del Mar entre 1981 y 1990, una de las etapas en que el certamen terminó de consolidarse como uno de los grandes espectáculos de la televisión chilena, y lleva años haciendo una distinción que parece pequeña, pero es fundamental: “El festival no es un programa de televisión, es un festival televisado”.
La diferencia está en quién termina mandando. Cuando existe un festival y la televisión llega a transmitirlo, la cámara se adapta al evento, muestra lo que ocurre, potencia sus mejores momentos y lleva esa experiencia a quienes están en sus casas. Cuando el festival comienza a transformarse en un programa de televisión, ocurre lo contrario: los horarios, los artistas, los tiempos, la conducción y hasta la forma de relacionarse con el público comienzan a organizarse pensando primero en las necesidades de la pantalla.
Y TVN tiene necesidades completamente distintas a las de Chillán. Para una señal nacional, el programa debe funcionar de Arica a Magallanes. Una persona que está viendo la transmisión en Antofagasta, Santiago o Punta Arenas tiene que encontrar algo reconocible y atractivo, aunque nunca haya estado en Chillán y probablemente jamás haya probado una longaniza de la ciudad. Desde ese punto de vista se entiende perfectamente una parrilla con artistas conocidos, distintos estilos, humor y un grupo internacional capaz de cerrar una noche con canciones que prácticamente todo Chile reconoce.
El problema aparece cuando esa lógica empieza a determinar el contenido de la fiesta. Porque si para gustar de Arica a Magallanes se termina construyendo el mismo espectáculo que podría realizarse en cualquier ciudad del país, Chillán comienza a transformarse solamente en el lugar donde se instala el escenario. Durante algunos momentos del sábado, si se eliminaba el nombre del evento y las referencias de los animadores, lo que aparecía en pantalla perfectamente podría haber correspondido a cualquier otro festival: grandes luces, animadores nacionales, backstage, humorista, artista internacional y miles de personas frente al escenario.
Y la Fiesta de la Longaniza no necesita convertirse en eso para ser atractiva. Tiene algo mucho más difícil de conseguir y que otros eventos regionales intentan fabricar durante años: una identidad propia. Hay un producto conocido en todo Chile, una tradición gastronómica, productores locales, una relación profunda con el campo y con Ñuble y una ciudad que durante estos días modifica completamente su funcionamiento alrededor de la fiesta. Todo eso ya existe. No hay que inventarlo para televisión.
La televisación, por supuesto, es una gran noticia. Sería absurdo plantear lo contrario. Eleva el estándar, proyecta la ciudad, aumenta la exposición del evento y abre posibilidades que hasta hace algunos años parecían lejanas. Pero justamente porque la experiencia resultó y porque probablemente la televisión seguirá siendo parte importante de las próximas versiones, ahora comienza una discusión más interesante sobre qué Fiesta de la Longaniza se quiere mostrar.
La Mosca demostró que no existe ninguna contradicción entre tener un artista internacional, llenar la plaza y mantener un espectáculo capaz de funcionar perfectamente en televisión. El problema no está en traer nombres grandes.
Mauricio Palma, en cambio, dejó una señal distinta: un artista conocido y probado en televisión no necesariamente conecta de la misma manera con el público local. Y ahí la programación también necesita escuchar más a la ciudad y no solamente mirar qué nombres funcionan en una parrilla televisiva.
Quizás ese sea el principal desafío que deja esta versión. Que la televisión llegue a Chillán para mostrar la Fiesta de la Longaniza y no que la Fiesta de la Longaniza termine adaptándose hasta convertirse en otro programa más de la televisión chilena.
Porque en ese caso seguramente tendremos un buen espectáculo, una buena escenografía, buenos números de audiencia y artistas capaces de agradar de Arica a Magallanes. Pero poco a poco podríamos terminar perdiendo aquello que hizo interesante a esta fiesta desde un principio: que sólo podía ocurrir en Chillán.
