En las emergencias, el liderazgo también se demuestra estando presente

Los temporales no distinguen colores políticos, comunas ni condición social. Cuando la lluvia arrecia, los ríos aumentan su caudal, los caminos se cortan y miles de familias ven amenazada su tranquilidad, lo único que realmente importa es que el Estado funcione y que quienes tienen responsabilidades públicas estén plenamente enfocados en responder a la emergencia.
Esta semana, mientras un nuevo sistema frontal afecta a Ñuble y a gran parte del país, surgió una controversia pública luego de que el diputado Felipe Camaño cuestionara la ausencia del gobernador regional, Óscar Crisóstomo, señalando que se encontraba de vacaciones junto a su familia. Más allá de las legítimas diferencias políticas y de las explicaciones que puedan entregar las autoridades involucradas, el debate de fondo merece una reflexión mucho más amplia.
La ciudadanía espera que, en momentos de crisis, sus autoridades estén presentes.
Y estar presente no significa únicamente recorrer sectores afectados para la fotografía. Significa liderar, coordinar, escuchar, tomar decisiones oportunas y transmitir tranquilidad. La presencia física, cuando las circunstancias lo permiten, tiene un valor simbólico enorme: demuestra compromiso, genera confianza y permite conocer de primera fuente las necesidades de las personas.
Las emergencias ponen a prueba la capacidad del Estado, pero también el liderazgo de quienes lo representan.
En una región como Ñuble, donde convivimos con incendios forestales, inundaciones, heladas, temporales y sequías, la gestión de riesgos no puede improvisarse. Debe existir planificación, coordinación permanente y protocolos claros que aseguren una respuesta rápida, independiente de quién ocupe un determinado cargo.
Al mismo tiempo, también es importante actuar con prudencia. Las críticas en medio de una emergencia deben contribuir a mejorar la respuesta del Estado y no transformarse únicamente en un intercambio de recriminaciones. La prioridad debe seguir siendo ayudar a quienes hoy enfrentan anegamientos, cortes de suministro, problemas de conectividad o pérdidas materiales.
Las familias afectadas no preguntan qué partido político tiene quien llega a prestar ayuda. Preguntan cuándo volverá la luz, cuándo podrán transitar por el camino rural, cuándo se restablecerá el agua potable o quién responderá por los daños.
Ese es el estándar con el que la ciudadanía evalúa a sus autoridades.
Quizás esta situación también nos deja una enseñanza institucional. En una época donde los fenómenos climáticos extremos son cada vez más frecuentes, resulta necesario revisar los mecanismos de disponibilidad de las máximas autoridades regionales durante períodos de riesgo, fortalecer los sistemas de reemplazo y asegurar que siempre exista un liderazgo claramente identificado para coordinar la respuesta pública.
No se trata de cuestionar el legítimo derecho al descanso que tienen todas las personas, incluidas las autoridades. Se trata de comprender que existen cargos cuya responsabilidad pública exige disponibilidad especial cuando las circunstancias lo requieren. Esa es una de las particularidades del servicio público y una expectativa razonable de la ciudadanía.
Las emergencias pasan. Lo que permanece es la forma en que las instituciones respondieron y la confianza que lograron generar.
Ojalá que, una vez superado este temporal, el principal aprendizaje no sea quién ganó una discusión política, sino cómo fortalecemos nuestra capacidad para enfrentar los desafíos que seguirán llegando. Porque el verdadero liderazgo no se mide solo por las decisiones que se toman desde una oficina, sino también por la capacidad de acompañar a las personas cuando más lo necesitan.
