Opinión

El aula como Trinchera: Juventud y Democracia del Cuidado

Escribo estas líneas desde Chillán, bajo el cielo de una región de Ñuble que sabe de reconstrucciones y de resistencia. Como profesora que ha transitado más de quince años entre la enseñanza básica, media y universitaria, he visto en los ojos de mis estudiantes una verdad que las estadísticas a menudo ignoran: la democracia en Iberoamérica no se está muriendo, se está transformando en los cuadernos de quienes hoy reclaman su derecho a existir plenamente.

Para una mujer educadora y feminista, la democracia no es un concepto abstracto de los libros de educación ciudadana. Es, ante todo, una práctica de cuidado, equidad y reconocimiento. Las juventudes están llevando a cabo acciones que nos interpelan profundamente. Utilizan la tecnología no solo para conectar, sino para fiscalizar, para denunciar la injusticia y para tejer redes de apoyo mutuo que el Estado aún no logra proveer. Son arquitectos de una democracia más humana, menos ruidosa en lo electoral y más profunda en lo cotidiano, donde el respeto por la diversidad es la piedra angular (OEI, 2026).

Como docentes, tenemos la responsabilidad política y afectiva de ser puentes. Nuestra experiencia no debe servir para imponer límites, sino para ofrecer horizontes. Es emocionante ver cómo la pedagogía del diálogo, esa que defendemos con convicción feminista, se convierte en la herramienta principal de las juventudes para derribar los muros del autoritarismo y la exclusión (Segato, 2018).

Sin embargo, esta construcción democrática hoy sangra por una herida abierta que nos interpela a todos: la reciente y dolorosa partida de nuestra colega Katherine Yoma en el norte de nuestro país. Cuando una comunidad educativa pierde a uno de los suyos por falta de amparo, la promesa de convivencia democrática se rompe. Este suceso debe ser el punto de inflexión para llamar a la conciencia, al compromiso y a la responsabilidad social de todos los agentes. No podemos hablar de valores democráticos si no garantizamos ambientes de respeto y seguridad para quienes educan a las futuras generaciones. La democracia debe ser, ante todo, un lugar seguro para vivir, trabajar y disentir (Mineduc, 2024).

El llamado a la acción es hoy. No podemos ser meros espectadores del ímpetu juvenil. Sumarse al cambio de narrativa implica reconocer que la democracia se juega en cada interacción, en cada aula y en cada calle. Nuestras juventudes, ellos no son el mañana; son el pulso vital de una democracia que hoy, más que nunca, necesita de nuestra valentía para transformarse. Es tiempo de que su voz deje de ser un eco y se convierta en la melodía principal de nuestra historia regional.


Referencias bibliográficas

Mineduc (2024). Protocolos de convivencia escolar y protección al trabajador de la educación: Un enfoque de derechos humanos. Santiago: Ministerio de Educación.

OEI (2026). Iberoamérica en Democracia: Reflexiones sobre participación juvenil y ciudadanía activa. Madrid: Organización de Estados Iberoamericanos.

Segato, R. L. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Buenos Aires: Prometeo Libros.

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