La comida que nunca se comió: cómo un asesino racista terminó con la tradición de la última cena
En Estados Unidos, es común que los condenados a muerte elijan su última comida antes de la ejecución. Sin embargo, en Texas, esta práctica fue prohibida tras el escandaloso caso de Lawrence Brewer, un supremacista blanco ejecutado en 2011.
Brewer, condenado por el brutal asesinato de James Byrd Jr. —un crimen racial considerado uno de los más atroces desde la era de los Derechos Civiles—, pidió una extravagante última cena: dos filetes de pollo frito, una hamburguesa triple con tocino, okra frita, tres fajitas, una pizza, un litro de helado y una porción de fudge de mantequilla de maní. Lo sorprendente es que, una vez servida la comida, Brewer se negó a probar bocado.
El acto provocó la furia del senador texano John Whitmire, quien calificó el privilegio como “inapropiado” e “insultante” para las víctimas.
“¡Basta es basta!”, exclamó Whitmire, impulsando la eliminación de esta tradición. La decisión fue respaldada por el director del sistema penitenciario de Texas, quien dispuso que, desde ese momento, ningún condenado elija su último plato: recibirán la misma comida que el resto de los internos.
Brewer pasó 12 años en el corredor de la muerte y, antes de su ejecución, declaró a la prensa local que la muerte sería “una buena salida”.
Durante la ejecución, solo pronunció un escueto “no” cuando se le ofreció la oportunidad de dar sus últimas palabras.
El asesinato de Byrd en 1998 fue particularmente brutal. Fue golpeado, encadenado a un vehículo y arrastrado por varios kilómetros hasta morir.
El caso inspiró la Ley de Prevención de Crímenes de Odio Matthew Shepard y James Byrd Jr., firmada en 2009 por el entonces presidente Barack Obama.
Aunque la abolición del “último deseo” en Texas generó debate, otros estados de EE. UU. aún permiten a los reclusos elegir su comida final.
Para algunos, es un momento de nostalgia; para otros, un recordatorio inquietante del castigo más extremo.
