Chillán

El Papa que barrió con la cúpula de Chillán

La muerte del papa Francisco este lunes no solo marca el cierre de un papado transformador a nivel mundial, sino también deja huella en diversas diócesis del planeta que fueron testigo de su mano firme frente a la crisis de abusos sexuales en la Iglesia Católica.

Una de ellas fue la Diócesis San Bartolomé de Chillán, donde la intervención directa del pontífice sacudió estructuras y obligó a replantear el rol eclesial en la región de Ñuble.

En septiembre de 2018, el papa aceptó la renuncia del entonces obispo Carlos Pellegrín Barrera, en medio de una investigación penal por presuntos abusos sexuales y encubrimiento.

Su salida fue parte del proceso de depuración de la Conferencia Episcopal Chilena, que vivió uno de los momentos más críticos de su historia tras las denuncias de víctimas y la visita del arzobispo Charles Scicluna, enviado papal a indagar los hechos.

En lugar de Pellegrín, Francisco designó como administrador apostólico al sacerdote Sergio Pérez de Arce, quien más tarde fue confirmado como obispo de Chillán en 2020.

Con ello, la diócesis inició un camino de reconstrucción, guiado por los principios de transparencia, justicia y cercanía con las víctimas.

Durante estos años, la administración diocesana adoptó una línea más abierta al escrutinio público, implementando protocolos de prevención de abusos, revisando procesos canónicos y promoviendo una mayor participación de laicos y comunidades.

El cambio no solo fue institucional, sino también pastoral, bajo un liderazgo marcado por la humildad y la escucha.

El legado de Francisco en Chillán quedará asociado al quiebre con una Iglesia cerrada y jerárquica, y a la apertura de un nuevo ciclo enfocado en la reparación y el compromiso con la verdad.

Su papado, en esta región del sur de Chile, representó una sacudida necesaria para una Iglesia que debió mirar de frente sus sombras y empezar a caminar en otra dirección.

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